♥Siete rosas para ti♥

Siete rosas para ti

La primera rosa apareció en tu casillero. La miraste sorprendida y la tomaste con cuidado para luego mirar a tu alrededor buscando al autor del regalo, pero no sirvió de nada…Había cientos de alumnos en el pasillo y nadie te miraba como para ver tu reacción. Te encogiste de hombros y al oler su aroma pensando que ese era un lindo detalle.

La segunda rosa apareció al día siguiente sobre la silla de tu pupitre. Te sorprendió aún más que la primera, creías que había sido cosa de una sola vez. La tomaste y al igual que el día anterior recorriste con la vista tu entorno, pero el aula estaba medio vacía y las únicas que te prestaban atención eran tus amigas preguntándote de donde habías sacado la rosa. Evitas contestar directamente y sonríes al pensar que la rosa que descansaba sobre el florero de tu habitación tendría una compañera.


Cuando las tercera, cuarta y quinta rosa llegaron a tus manos, la intranquilidad comenzó a anidar en tu pecho. A través del espejo de tu cuarto miraste el florero que contenía las cinco rosas. La pregunta ¿Quién te las podría haber enviar? era la que te quitaba el sueño todas las noches… ¿Y si resultaba que todo era una broma, y que tú eras una incrédula al pensar que alguien podría tomarse la molestia de hacerte esos detalles? Niegas con la cabeza y te acercas al florero. Está era la primera vez que alguien parecía demostrar interés por ti y no quería arruinar esa fantasía con aquellos pensamientos…Pero una no recibía cinco rosas sin haberse enterado aún de quien ¿O sí?

La sexta rosa llego el día antes de San Valentín. La encontraste sobresaliendo entre las páginas de uno de tus libros, y mientras la tomabas no te molestaste en mirar tú alrededor, sabías que no hallarías a nadie.

Durante el día siguiente, esperaste con ilusión la aparición de una séptima rosa, pero cuando te diste cuenta de que está no llegaría trataste de manejar lo mejor posible tu decepción. Aquel día era el baile de San Valentín y por más que tus amigas habían insistido, tú te negaste a ir…primero porque nadie te había invitado y segundo porque no estabas de ánimo. Pero al llegar a casa y abrir tu cuaderno, una nota hizo que tu corazón se acelerara.


“A las doce en el centro de la pista”


Y ahí era donde te encontrabas ahora, mirando a tu alrededor con nerviosismo y ansiedad. Faltaba poco para las doce y hasta el momento nadie había hecho el amago de acercarse a ti. La gente ya comenzaba a mirarte raro y piensas que es mejor que te fueras antes de hacer más el ridículo…


-La séptima rosa completara el cuadro-el corazón te dio un vuelco y te diste la vuelta con el pulso acelerado. Tus ojos chocaron contra unos verdes y te sentiste flotar cuando él te tendió la rosa. -Hola-saludó con una sonrisa.


-Hola-contestaste, y te sorprendió tu tono tranquilo.


Él te tendió una mano y tú la tomaste sin dudar, te acerco hacia su cuerpo y juntos comenzaron a bailar.

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♦Es culpa del frío♦

Por culpa del frio, siempre tienes que andar con un pañuelo a mano. Por culpa del frio, tu nariz siempre esta roja y tus manos en permanente estado de congelación. Y es por culpa del frio, aun cuando estás en vuelta en capas y capas de ropa haciendo un poco difícil la tarea de caminar, que no puedes evitar los escalofríos y que tus dientes castañeen cada vez que sales a la calle.

Hundes las manos en los bolsillos de su abrigo y caminas rápido por las calles atestadas de gente, con el único propósito de llegar al calor de tu casa y regalarte una taza de chocolate caliente. Doblas una esquina y sueltas una exclamación cuando sientes como resbalas en el hielo acumulado en la acera producto de la ola de frio.

Estiras un brazo de manera inconsciente tratando de agarrarte a algo invisible, y sueltas otra exclamación de sorpresa cuando sientes como alguien toma tu brazo. El desconocido logra estabilizarte y alzas la vista, sorprendida.

-“Ten cuidado”-te dice el hombre con una sonrisa amable.

-“Claro”-respondes mirando al desconocido como si estuvieras en un sueño, y luego te sonrojas ante lo boba que sonó tu respuesta. Odias sonrojarte, y más aun cuando hace frio y tu nariz parece un tomate. Te da el aspecto de alguien que ha pasado mucho tiempo de cara al sol sin protección.

El hombre te mira con una sonrisa divertida, y luego de preguntarte si estabas bien, a lo que tu respondes con un
“Si, gracias”, te rodea y se aleja por la acera, para luego desaparecer de tu vida.

Te das la vuelta para mirarlo una última vez, pero él ya se ha camuflado entre la gente y no logras encontrarlo. Sueltas un suspiro resignado y reanudas tu camino, pero de nuevo el hielo te juega una mala pasada y está vez no hubo nadie que evitara tu caída.

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